El libro Medicina Paliativa Juandediana del Dr. Jacinto Bátiz será de interés tanto para profesionales como para ciudadanos interesados en este campo por su implicación en el cuidado de personas con enfermedad avanzada, mayores o en fase final de vida. No es necesario leerlo de un tirón, se puede picotear por la facilidad que da la versión electrónica para acceder a los diferentes apartados del índice. A mí me han resultado especialmente gratos los testimonios aportados por un gran número de profesionales, donde se recogen las percepciones de auxiliares de enfermería, psicólogos, médicos, personal de la limpieza… (la lista de implicados en prestar cuidados paliativos es muy larga). En mi opinión es uno de esos libros que merecen ser guardados con los manjares selectos que vuelves a degustar cuando necesitas inspirarte.

En los entrantes encontramos a todo un desfile de personalidades que van aportando perspectivas de la monumental obra que la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios viene desarrollando desde el siglo XVI al servicio de los enfermos más pobres, con un modelo asistencial basado en la hospitalidad, el respeto y la dignidad de la persona.

El libro pone el foco en los cuidados paliativos, un tema que está en el candelero de la sociedad «real» donde esta necesidad se palpa a diario, aunque sorprendentemente siga sin estar en la agenda de los políticos, que al parecer se fatigaron con la elaboración de la ley de eutanasia.

Es en su conjunto una invitación a cultivar el arte de acompañar y cuidar al final de la vida. Una de sus grandes aportaciones es la llamada a prevenir la deshumanización de la práctica médica contemporánea, que convierte al paciente en «objeto», lo reduce a una patología y lo cosifica. El autor relata pequeños gestos -tocar antes de entrar a la habitación, dirigirse al paciente por su nombre, explicarle lo que se le va a hacer incluso si está en coma- que tienen un impacto profundo en la preservación de su dignidad. Se nos recuerda que la técnica sin compasión es insuficiente, y que la verdadera calidad asistencial exige la ética y el respeto a la persona.

El texto también aporta claridad sobre aspectos éticamente sensibles, como la diferencia entre sedación paliativa y eutanasia. Se explica con claridad que la sedación es una buena práctica médica, ética y deontológicamente indicada, cuando el sufrimiento es refractario y no puede aliviarse por otros medios. Esta distinción es crucial para evitar los extremos del encarnizamiento terapéutico y el abandono, ambos contrarios a la buena praxis.

El libro no se limita a exponer conceptos teóricos; está impregnado de experiencias y testimonios de profesionales de distintas disciplinas que trabajan en cuidados paliativos, y que expresan haber «aprendido a ser mejores personas» gracias a la convivencia con quienes están en el final de la vida. Este recurso narrativo convierte la obra en una sinfonía coral que celebra el valor del trabajo en equipo y la colaboración multidisciplinar donde la familia ocupa un lugar esencial.

Otra aportación es la llamada a construir una «cultura paliativa» en la sociedad, que el autor ha cultivado de manera ejemplar a lo largo de su vida, como clínico al pie de cama, como docente incansable y como prolífico escritor de libros y artículos. Al final de esta obra podemos encontrar un apartado de lecturas recomendadas y comentadas, con un elenco de libros muy útil, entre los que quiero destacar uno del autor, titulado «Hacia una cultura paliativa» editado por la Fundación Pía Aguirreche, que lo facilita de manera altruista. Desde estas líneas animo al lector a que difunda esta monografía de fácil lectura entre el gran público no especializado. No me cabe duda de que ayudará a mejorar la vida y el final de muchas personas.

Quiero aprovechar la oportunidad de hacer esta reseña para rendir público homenaje al autor y reconocer su generosa labor. Gracias, Jacinto, por tu trabajo.

Rogelio Altisent

Presidente del Consejo Científico de la Fundación Dignia